miércoles, 15 de junio de 2016

La Llorona 
La Llorona, la mujer fantasma que recorre las calles de las ciudades en busca de sus hijos.
 
Cuenta la leyenda que era una mujer de sociedad, joven y bella, que se caso con un hombre mayor, bueno, responsable y cariñoso, que la consentía como una niña, su único defecto... que no tenia fortuna. 

Pero el sabiendo que su joven mujer le gustaba alternar en la sociedad y " escalar alturas ", trabajaba sin descanso para poder satisfacer las necesidades económicas de su esposa, la que sintiéndose consentida despilfarraba todo lo que le daba su marido y exigiéndole cada día mas, para poder estar a la altura de sus amigas, las que dedicaba tiempo a fiestas y constantes paseos. Marisa López de Figueroa, tuvo varios hijos estos eran educados por la servidumbre mientras que la madre se dedicaba a cosas triviales. 
Así pasaron varios años, el matrimonio Figueroa López, tuvo cuatro hijos y una vida difícil, por la señora de la casa, que repulsaba el hogar y nunca se ocupo de los hijos. Pasaron los años y el marido enfermó gravemente, al poco tiempo murió, llevándose "la llave de la despensa ", la viuda se quedó sin un centavo, y al frente de sus hijos que le pedían que comer. Por un tiempo la señora de Figueroa comenzó a vender sus muebles. Sus alhajas con lo que la fue pasando.
Pocos eran los recursos que ya le quedaban, y al sentirse inútil para trabajar, y sin un centavo para mantener a sus hijos, lo pensó mucho, pero un día los reunió diciéndoles que los iba a llevar de paseo al río de los pirules. Los ishtos saltaban de alegría, ya que era la primera vez que su madre los levaba de paseo al campo. Los subió al carruaje y salió de su casa a las voladas, como si trajera gran prisa por llegar. Llegó al río, que entonces era caudaloso, los bajo del carro, que ella misma guiaba y fue aventando uno a uno a los pequeños, que con las manitas le hacían señas de que se estaban ahogando. 

Pero ella, tendenciosa y fría , veía como se los iba llevando la corriente, haciendo gorgoritos el agua, hasta quedarse quieta. A sus hijos se los llevo la corriente, en ese momento ya estarían muertos . Como autómata se retiro de el lugar, tomo el carruaje, salió como "alma que lleva el diablo", pero los remordimientos la hicieron regresar al lugar del crimen. Era inútil las criaturas habían pasado a mejor vida. Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, se tiro ella también al río y pronto se pudieron ver cuatro cadáveres de niños y el de una mujer que flotaban en el río. 

Dice la leyenda que a partir de esa fecha, a las doce de la noche, la señora María venia de ultratumba a llorar su desgracia: salía del cementerio (en donde les dieron cristiana sepultura) y cruzaba la ciudad en un carruaje, dando alaridos y gritando ¡ Aaaaay mis hijos ¡ ¡ Donde estarán mis hijos ¡ y así hasta llegar al río en donde desaparecía. Todas las personas que la veían pasar a medianoche por las calles se santiguaban con reverencia al escuchar sus gemidos y gritos. Juraban que con la luz de la luna veían su carruaje que conducía una dama de negro que con alaridos buscaba a sus hijos.
Los Rezadores de la Noche en Antigua Guatemala 

Esta es otra vieja historia de la Ciudad. Los Rezadores de la Noche aparecen únicamente en los barrios de Candelaria, la Recolección, Santo Domingo y la Parroquia vieja.

Los rezadores de la Noche vagan errantes rezando por las calles estremeciendo a los pobladores. Según cuenta la leyenda ellos aparecen el primer viernes de cada mes; se pasean por las banquetas con sus túnicas negras y llevan consigo unas candelas en sus manos, se les oye una rezadera que hasta te pueden volver loco, CUIDADO!! no salgas a ver, ellos te pueden ganar.

La caminata invisible de los rezadores la puedes sentir, los perros anuncian su llegada con sus aullidos, esos aullidos de lamento que te estremecen hasta los huesos. Según la tradición advierte que cuando el fúnebre cortejo pasa recorriendo las calles de la ciudad, visitando hoteles yrestaurantes o cualquier tienda que en esas calles se encuentran, deben cerrar sus puertas y si sales a verlo, uno de los rezadores llega contigo y te entrega una de sus candelas (algunas veces son dos); y te pide que se las guardes, y te dirá que el pasará por ellas a la siguiente noche. Eso sí: el te advierte de una vez que debes colgar las candelas en la cabecera de tu cama. Al otro día, lo que aparece en lugar de cada candela es un hueso fémur”.

Al suceder eso ya no hay salvación. Sin embargo, el castigo no se realiza en ese mismo instante, se lleva durante un tiempo de reflexión. Queda solo una opción, ¡Si solo una opción!, es la de recurrir a prácticas mágicas para librarse del maleficio. Cuando uno ya ha visto a los rezadores y le han dado las candelas, hay un dicho que dice “ya se lo llevó a uno la que lo trajo” y para salvarse de ello, lo que hay que hacer es salir a esperarlos en el mismisimo lugar donde se le vio, pero debes ir acompañado con un niño en brazos, sólo así las candelas no se vuelven huesos y se les puede devolver a los rezadores, pues la inocencia del niño tuerce la maldad de estos espíritus.

Para librarse de una vez y por todas de esos espíritus hay que pedirle a un sacerdote que eche agua bendita en las calles donde ellos transcurrieron, pero como son bien “Fregados” se les han oído en otros barrios. A uno por andar de shute en el buen chapín siempre le va mal por andar viendo lo que no le corresponde, pero ahora ya sabes la solución a esto. La calidez e inocencia del niño sirve como un escudo protector contra la maldad y los Rezadores no pueden resistir a esta inocencia y el hechizo queda roto
La Ciguanaba 

Una mujer vestida de blanco y largos cabellos negros que aparece por los ríos y las veredas solitarias. Se hace seguir, por los hombres que trasnochan buscando aventuras nocturnas, sin dejarse ver el rostro. Luego los pierde en los barrancos, tras haberles mostrado su cara de caballo.

Un hombre después de trasnochar caminando cerca de un fuente, veía el cielo  las estrellas centellantes; ni siquiera había amanecido cuando vio bañándose en el agua fría de la fuente una mujer con un hermoso vestido blanco, de hermosa figura, cabello largo y negro.

El hombre le preguntó:

Que haces a esta hora bañándote, quieres que te ayude?

La hermosa mujer dejó de bañarse, y sin mostrarle el rostro le hizo una señal.

Me está llamando dijo el borrachín.

La mujer caminó hacia el cementerio y el hombre la siguió impaciente e incansablemente, cada vez que se le acercaba, la mujer se desplazaba lejos de el.

Entonces el hombre por fin la alcanzó y pudo contemplar su rostro endemoniado, parecía un caballo, ésta se abalanzó sobre el y trató de llevárselo gimiendo un grito escalofriante, enterrándole las uñas para sepultarlo en los barrancos cercanos.

Desesperadamente el hombre recogió una medallita que tenía colgada en el cuello, y empezó a orar ya que no podía escapar de la mujer.

Cuando la mujer vio la medalla lo soltó y se lanzó al barranco.

El hombre sobrevivió al ataque y llegó a su casa con sus brazos y espalda desgarrados. Su familia trató de curarlo pero el hombre contó la historia y murió a los pocos días debido a sus heridas que nunca sanaron.

La Tatuana 

La Tatuana fue una mujer que tuvo realidad física en la ciudad de Santiago de los Caballeros.
Se la menciona desde el período colonial hasta la década de los treinta en el siglo XIX. Estudiosos de diversas épocas la refieren con certeza, entre ellos Ramón A.Salazar, Adrián Recinos. En tanto que José Milla incorpora el personaje a una de sus novelas históricas. 


Había en la Antigua Guatemala una señora viuda que vivía por el barrio del Calvario, en medio de la mayor pobreza.

Sus vecinos casi no le hablaban, pues creían que era una bruja.

Un día le pidió a la señora de la tienda que le diera el pan a crédito, pero ésta como siempre se negó a hacerlo. Entonces la mujer le dijo :“Yo sé que su marido se fue de su lado, pero yo puedo arreglarle que vuelva con usted. Tenga este cuerito, a las ocho de la noche llámelo por su nombre, golpee con él tres veces la almohada y guárdelo debajo de ella”.
Agradecida la tendera le dio un canasto lleno de verduras. En la noche hizo lo que la señora le había aconsejado y en el acto se presentó su marido. Mientras tuvo el objeto su marido permaneció fiel.

Pasados cuatro días la extraña mujer se asomó a la tienda y le pidió el cuerito. La tendera protestó: “Vea usted, que mi marido se me volverá a ir”.

La viuda le contestó que lo usaría para otro trabajo. La tendera se lo dio y ese mismo día su marido se fue de la casa.

Enojada la vecina la acusó de bruja, se fue con las autoridades y el cura de la iglesia. Entre todos decidieron llevarla a la cárcel. Pero ella, burlándose de quienes la tenían prisionera, organizó un plan de escape.

Con un trozo de carbón dibujó un barquito en la pared de la bartolina, se subió a él, pronunció algunas palabras mágicas y huyó.

En su lugar quedó un intenso olor a azufre. En adelante nadie volvió a saber nada de la extraña mujer, a quienes todos recuerdan como la Tatuana. 

Por otro lado, algunos historiadores refieren que este personaje tiene sus antecedentes en los últimos años de la ciudad de Santiago de los Caballeros.

 

martes, 14 de junio de 2016

El Cadejo 

El Cadejo es un espíritu que cuida el paso tambaleante de los borrachos y las mujeres.
Materializado en un animal adopta la forma de un perro lanudo, con casquitos de cabra y ojos de fuego.
Existen dos variantes: el que cuida a las mujeres es blanco y el negro es el que cuida a los hombres que están en peligro.
Tiene especial atención con los borrachos que se quedan tirados en las calles. Pero éstos deben evitar que les lama la boca, porque si no, los perseguirá toda su vida. 

En 1900 Juan Carlos era un guardián que vivía en una barraca cerca de los Arcos, en los campos cerca de la finca La Aurora.

Trabajaba cerca de la Parroquia Vieja y llegaba a su casa a la medianoche. Su esposa e hijos pequeños pasaban solos casi todo el tiempo en medio de la soledad de esos campos.

Todos los días, Juan encontraba un perro blanco al llegar a su casa. El can al verlo se sacudía, se daba la vuelta y desaparecía. 

Juan lo seguía, pero nunca lo alcanzó.
 El Sombreron
 
¡Hace de esto muchos años…! ¡Quién sabe cuántos…! Sólo sé que Guatemala aún llamábase Santiago de los Caballeros de Goathemala. El Sombrerón decidió regresar a la capital, sitio en donde tiene el principal escenario de sus muchas fechorías.
“El Sombrerón o Duende es otra de las personificaciones del Cachudo. Mide medio metro de alto. Usa un sombrero que no está en proporción con su estatura, al cual debe su nombre; y calza zapatos con tacón cubano, con los cuales hace un ruidito que es el que atrae a sus víctimas. Es muy buen jinete, pero, como es tan chico, monta a las yeguas en la nuca. Entra en las casas sin abrir las puertas y adivina el pensamiento".
Como acostumbra hacerlo, hizo el viaje de noche; y la misma en que lo inició, por el hecho de no haber distancias para él, realizó su entrada al lugar en que había decidido ponerle término.

Las once de la noche serían cuando hizo su entrada triunfal por el camino del Guarda del Golfo, decidiendo detenerse por unos instantes en el mismo sitio en que se halla situada la Ceiba que está frente a La Parroquia Vieja. Su objeto no era que la cabalgadura descansara, como cualquiera pudiera pensarlo, sino limpiar el polvo del camino que había ensuciado el charol de sus zapatos. Empeñado en esta poco elegante ocupación se encontraba, cuando, al volver la vista hacia el lado izquierdo de la calle, sus ojos tropezaron con una casucha vieja, cuya portada iluminaba la luz mortecina de una candela de sebo que agonizaba dentro de un farol envuelto en “papel de China” colorado. No fueron la casucha y el farol quienes llamaron la atención de nuestro viajero, sino que la luz de unos ojos que, cual luciérnagas perdidas en la noche, brillaban tras la reja del balcón de la casucha. Esos dos bellos ojos eran de Manuelita, la hija mayor de Candelaria, una pobre viuda que hacía los oficios de lavandera del barrio, y que junto con su madre habitaba en ese mísero lugar.
El Sombrerón, que siempre ha sido galante, enamorado y seductor empedernido, al no más ver aquellos ojos se enamoró de ellos y decidió hacer suya a su dueña. Inmediatamente concibió su plan y lo puso en práctica. Con ritmo dulce y cadencioso, como sólo él sabe hacerlo, taconeó varias veces hasta que la música embrujadora de su taconeo llegó a los oídos de la virgen criolla, que tembló arrobada. Manuelita, que conocía las malas artes del Sombrerón, tembló al sólo pensar que había sido elegida por él como su nueva víctima. Más, como mujer que era, le agradó sentirse galanteada y admirada, sobre todo por un ser sobrenatural como es El Sombrerón…  ¡Aquella noche Manuelita, dicen las malas lenguas, no durmió muy bien que digamos…! Uno tras otro, en lenta sucesión, han ido pasando los meses desde aquella noche  en que El Sombrerón se detuvo frente a la pobre casucha que está situada cerca de la Ceiba de La Parroquia Vieja…
Son las siete de la mañana y nos encontramos en la casa conventual de la La Ermita del Carmen, situada sobre el cerrito del mismo nombre y que fue fundada allá por los años de 1620, por el ermitaño —genovés— Juan Corz. El señor cura, el padre Miguel, quítase ayudado por el monaguillo, los ornamentos con que ha celebrado el sacrificio de la Misa. Un gallo, clarín mañanero, canta. Hasta la sacristía, lugar de la escena, llega un suave aroma de chocolate hervido en batidor de barro…


escuche dos palabras… Muy buenos y santos días le dé Dios a su merced… 

—Entra, hija, entra. . . ¿Qué es lo que te pasa? —Padrecito Miguel —gimotea la mujer, que se postra de hinojos y le besa la sotana y los ornamentos— si no fuera que usté es tan santo no me habría atrevido a llegar hasta aquí. Sólo vuestra merced puede salvar a Manuelita, mi hija mayor. Usté la conoce. Es la misma que cristianó hace veinte años. —¿Qué le pasa a Manuelita, hija, cuenta, qué le pasa? —¡ Ah, señor cura!. El Sombrerón me la tiene chiflada. Ya no es la misma de antes. Por las noches obscuras, cuando oye el ruido de los taconcitos del Sombrerón, sale al patio y se está horas platicando con él bajo la higuera, hasta bien entrada la noche. Ya ni trabaja, padre. Está tan flaca y pálida. Salvela, padrecito, que tengo miedo de que llegue a dar un mal paso y sea yo abuela de un hijo del cachudo… —Bien, hija, bien. Yo la salvaré.  Tráela mañana de alba, y sin que nadie se entere, al convento; le echaré los exorcismos, le leeré los evangelios, el de San Marcos principalmente, y quedará como si nada le hubiera pasado. Pero como nuestro Señor dijo: “Ayúdate que yo te ayudaré”, sigue este consejo: cámbiate de casa y vete a vivir a un lugar opuesto al en que ahora vives. Al Guarda Viejo, por ejemplo. Si te vas allí, yo mismo te recomendaré a fray Jenaro, para que te ayude en algo. Pero eso sí, cuando te cambies, no digas nada a nadie; llévate tus cosas poco a poco; hoy un mueble mañana otro; y así, hasta que te hayas llevado todo; y ahora, vete con Dios, y hasta mañana.
Candelaria siguió al pie de la letra el consejo del señor cura. Tras los exorcismos y la lectura de los evangelios, Manuelita parece que está cambiada; y como ambas se han ido a vivir a una pobre casita del Guarda Viejo, ya no sale por las noches a sentarse bajo la higuera con El Sombrerón, quien parece que ha perdido la pista. Nos encontramos en la noche del día en que Manuelita y su madre se han llevado a su nueva casa el último trebejo. La obscuridad se ha adueñado del ambiente. Apenas alcanza a verse la llama tenue de una vela de sebo, que, entre la vida y la muerte, se halla en una palmatoria de cobre. Son las ocho de la noche, la hora de las ánimas, y hay un silencio tan grande que nos sería permitido escuchar el aliento de un agonizante.
—Nana —dice, rompiendo la quietud de la noche, la voz de Manuelita— parece que lo trajimos todo; se me imagina que El Sombrerón ya se olvidó de mí y no se ha dado cuenta de a dónde nos cambiamos; pero… (contado los trebejos), se nos olvidó traer la tinajona donde hacemos el fresco de súchiles …
—De veras hija; pero no te preocupes, mañana la traeremos…  Un nuevo silencio… después un suave grito… y luego una voz aguda y meliflua que llega desde la obscuridad del inmenso y anchuroso patio: —No se preocupen sus mercedes por tan poca cosa, porque esa me la traje yo… Tras haberse escuchado esas palabras, se sintió también un cadencioso y rítmico taconeo, viéndose aparecer de abajo de la tinaja, que medía más o menos un metro, la diminuta figura del Sombrerón, que es galante, enamorado, seductor empedernido y que sabe entrar a las casas sin abrir las puertas…