El Sombreron

“El Sombrerón o Duende es otra de las personificaciones del Cachudo.
Mide medio metro de alto. Usa un sombrero que no está en proporción con
su estatura, al cual debe su nombre; y calza zapatos con tacón cubano,
con los cuales hace un ruidito que es el que atrae a sus víctimas. Es
muy buen jinete, pero, como es tan chico, monta a las yeguas en la nuca. Entra en las casas sin abrir las
puertas y adivina el pensamiento".
Las once de la noche serían cuando hizo su entrada triunfal por el camino del Guarda del Golfo, decidiendo detenerse por unos instantes en el mismo sitio en que se halla situada la Ceiba que está frente a La Parroquia Vieja. Su objeto no era que la cabalgadura descansara, como cualquiera pudiera pensarlo, sino limpiar el polvo del camino que había ensuciado el charol de sus zapatos. Empeñado en esta poco elegante ocupación se encontraba, cuando, al volver la vista hacia el lado izquierdo de la calle, sus ojos tropezaron con una casucha vieja, cuya portada iluminaba la luz mortecina de una candela de sebo que agonizaba dentro de un farol envuelto en “papel de China” colorado. No fueron la casucha y el farol quienes llamaron la atención de nuestro viajero, sino que la luz de unos ojos que, cual luciérnagas perdidas en la noche, brillaban tras la reja del balcón de la casucha. Esos dos bellos ojos eran de Manuelita, la hija mayor de Candelaria, una pobre viuda que hacía los oficios de lavandera del barrio, y que junto con su madre habitaba en ese mísero lugar.
El Sombrerón, que siempre ha sido galante, enamorado y seductor
empedernido, al no más ver aquellos ojos se enamoró de ellos y decidió
hacer suya a su dueña. Inmediatamente concibió su plan y lo puso en
práctica. Con ritmo dulce y cadencioso, como sólo él sabe hacerlo,
taconeó varias veces hasta que la música embrujadora de su taconeo llegó
a los oídos de la virgen criolla, que tembló arrobada. Manuelita, que
conocía las malas artes del Sombrerón, tembló al sólo pensar que había
sido elegida por él como su nueva víctima. Más, como mujer que era, le
agradó sentirse galanteada y admirada, sobre todo por un ser
sobrenatural como es El Sombrerón… ¡Aquella noche Manuelita, dicen las
malas lenguas, no durmió muy bien que digamos…! Uno tras otro, en lenta
sucesión, han ido pasando los meses desde aquella noche en que El
Sombrerón se detuvo frente a la pobre casucha que está situada cerca de
la Ceiba de La Parroquia Vieja…
Son las siete de la mañana y nos encontramos en la casa conventual de
la La Ermita del Carmen, situada sobre el cerrito del mismo nombre y
que fue fundada allá por los años de 1620, por el ermitaño —genovés—
Juan Corz. El señor cura, el padre Miguel, quítase ayudado por el
monaguillo, los ornamentos con que ha celebrado el sacrificio de la
Misa. Un gallo, clarín mañanero, canta. Hasta la sacristía, lugar de la
escena, llega un suave aroma de chocolate hervido en batidor de barro…
escuche dos palabras… Muy buenos y santos días le dé Dios a su merced…
—Entra, hija, entra. . . ¿Qué es lo que te pasa? —Padrecito Miguel —gimotea la mujer, que se postra de hinojos y le besa la sotana y los ornamentos— si no fuera que usté es tan santo no me habría atrevido a llegar hasta aquí. Sólo vuestra merced puede salvar a Manuelita, mi hija mayor. Usté la conoce. Es la misma que cristianó hace veinte años. —¿Qué le pasa a Manuelita, hija, cuenta, qué le pasa? —¡ Ah, señor cura!. El Sombrerón me la tiene chiflada. Ya no es la misma de antes. Por las noches obscuras, cuando oye el ruido de los taconcitos del Sombrerón, sale al patio y se está horas platicando con él bajo la higuera, hasta bien entrada la noche. Ya ni trabaja, padre. Está tan flaca y pálida. Salvela, padrecito, que tengo miedo de que llegue a dar un mal paso y sea yo abuela de un hijo del cachudo… —Bien, hija, bien. Yo la salvaré. Tráela mañana de alba, y sin que nadie se entere, al convento; le echaré los exorcismos, le leeré los evangelios, el de San Marcos principalmente, y quedará como si nada le hubiera pasado. Pero como nuestro Señor dijo: “Ayúdate que yo te ayudaré”, sigue este consejo: cámbiate de casa y vete a vivir a un lugar opuesto al en que ahora vives. Al Guarda Viejo, por ejemplo. Si te vas allí, yo mismo te recomendaré a fray Jenaro, para que te ayude en algo. Pero eso sí, cuando te cambies, no digas nada a nadie; llévate tus cosas poco a poco; hoy un mueble mañana otro; y así, hasta que te hayas llevado todo; y ahora, vete con Dios, y hasta mañana.
Candelaria siguió al pie de la letra el consejo del señor cura. Tras
los exorcismos y la lectura de los evangelios, Manuelita parece que está
cambiada; y como ambas se han ido a vivir a una pobre casita del Guarda
Viejo, ya no sale por las noches a sentarse bajo la higuera con El
Sombrerón, quien parece que ha perdido la pista. Nos encontramos en la
noche del día en que Manuelita y su madre se han llevado a su nueva casa
el último trebejo. La obscuridad se ha adueñado del ambiente. Apenas
alcanza a verse la llama tenue de una vela de sebo, que, entre la vida y
la muerte, se halla en una palmatoria de cobre. Son las ocho de la
noche, la hora de las ánimas, y hay un silencio tan grande que nos sería
permitido escuchar el aliento de un agonizante.
—Nana —dice, rompiendo la quietud de la noche, la voz de Manuelita—
parece que lo trajimos todo; se me imagina que El Sombrerón ya se olvidó
de mí y no se ha dado cuenta de a dónde nos cambiamos; pero… (contado
los trebejos), se nos olvidó traer la tinajona donde hacemos el fresco
de súchiles …
—De veras hija; pero no te preocupes, mañana la traeremos… Un
nuevo silencio… después un suave grito… y luego una voz aguda y meliflua
que llega desde la obscuridad del inmenso y anchuroso patio: —No se
preocupen sus mercedes por tan poca cosa, porque esa me la traje yo…
Tras haberse escuchado esas palabras, se sintió también un cadencioso y
rítmico taconeo, viéndose aparecer de abajo de la tinaja, que medía más o
menos un metro, la diminuta figura del Sombrerón, que es galante,
enamorado, seductor empedernido y que sabe entrar a las casas sin abrir
las puertas…
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